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¿Hasta qué punto la inclusión es real?

¿Hasta qué punto la inclusión es real?

By Naomi Cordero

Estaba leyendo sobre el caso de una empresa que despidió a una mujer ciega por solicitar una herramienta relativamente económica que le permitiera desempeñar mejor su trabajo.
Más allá del caso en sí, quiero detenerme en algo más profundo.
 
Mucho se habla de inclusión.
 
Se nos dice que tenemos derecho a la independencia, que debemos luchar por ella, que el mundo está avanzando…
 
Pero yo me pregunto:
¿hasta qué punto la inclusión es real?
Porque, ¿de qué sirve hablar de independencia si no tenemos las mismas oportunidades de empleo ?
 
¿De qué sirve promover inclusión si, en la práctica, muchas empresas buscan la manera —aunque sea de forma sutil— de desplazarnos?
 
La verdadera barrera no es la condición.
No es la ceguera, ni la movilidad, ni ningún diagnóstico.
 
La verdadera barrera es el miedo, el prejuicio y la percepción de que somos un “riesgo” o un “costo”.
Y ahí está el problema.
 
La falsa inclusión
Se nos exige ser independientes, pero se nos cierran las puertas que hacen posible esa independencia.
Aunque reconocemos que existen muchas formas de "vivir independiente", sin acceso al empleo, la independencia se convierte en un concepto vacío bajo este contexto.
También existe algo que casi no se nombra: la infantilización en el entorno laboral.
Cuando a una persona con diversidad funcional se le trata desde la lástima o la sobreprotección, en lugar de reconocerla como un profesional capaz, eso también es una forma de exclusión.
Y otro punto clave: el miedo a invertir.
 
Muchas empresas ven los acomodos razonables como un gasto, cuando en realidad son una inversión.
Una inversión en talento, en eficiencia y en diversidad real.
 
Porque cuando una empresa decide no contratar —o incluso despedir— por este tipo de razones, no solo excluye:
pierde la oportunidad de trabajar con personas altamente resilientes, capaces y comprometidas.
Lo que realmente necesitamos
 
No estamos pidiendo privilegios.
 
Estamos pidiendo lo necesario.
 
Y por eso, quiero dejar algunas recomendaciones claras:
 
1. Escucha activa
Nadie conoce mejor sus necesidades que la persona que vive con la condición.
No cuestiones el acomodo: escucha y facilita.
 
2. Cambia la perspectiva del “costo”
No solo mires lo que tienes que invertir.
Mira lo que puedes ganar: talento, compromiso, soluciones y diversidad real.
 
3. Busca orientación
Existen profesionales y especialistas que pueden ayudarte a hacer tu empresa accesible.
La falta de conocimiento ya no es excusa.
 
4. Empodera, no sobreprotejas
No queremos ser tratados con lástima.
Queremos autonomía, respeto y trato justo.
 
5. Igualdad real
Si a una persona sin condición se le reconocen sus derechos, su salario y su valor,
¿por qué a nosotros no?
 
Una reflexión necesaria
Es triste que, en pleno siglo XXI —donde tanto se habla de avance—,
lo que más necesitamos transformar siga siendo la mentalidad.
Porque la inclusión no se mide en discursos,
se mide en oportunidades reales.
Se mide en puertas abiertas.
En empleos dignos.
En respeto.
Y hasta que eso no sea una realidad para todos,
la inclusión seguirá siendo solo una palabra bonita.
 
“Nuestras capacidades y talentos son siempre más grandes que cualquier diagnóstico. No pedimos nada extraordinario, solo lo necesario para demostrar de lo que somos capaces.”
Como siempre, esta reflexión nace desde la vivencia, desde el corazón y desde el respeto.
Porque sí, hemos avanzado…
 
pero todavía falta mucho por hacer.